Dios es Salvador (Juan 3: 15, 16; Lucas 19: 10)
Dios es amor (1 Juan 4: 7, 8).
Dios es dueño de todo (Salmos 24: 1,2; 89: 11).
Dios es personal (Génesis 1: 26; 2: 5 – 7; Juan 14: 7- 11).
Dios creó este mundo con el propósito especial de colocar aquí a un ser semejante a él para que administrara y mantuviera una relación especial de compañerismo y convivencia con Dios. (Génesis 1: 26; Salmos 8: 4 – 9). Una relación basada en amor, obediencia y responsabilidad.
Dios estableció límites al ser humano para que mostrara su reconocimiento de que Dios es Soberano y Dueño de todo cuanto existe (Gen. 2: 16-17), ese límite habría de ser la prueba para que el ser humano delineara su carácter con el carácter divino. Esa prueba involucra cómo el hombre usaría la vida. ¿Pero qué es la vida? La vida consiste en cuatro ingredientes básicos:
Primero, Dios le dio al hombre un cuerpo (1 Cor. 3: 16, 17; 6: 19, 20; Salmos 100: 3).
Pertenecemos a Dios por creación y Redención.
Segundo, Dios le dio al hombre tiempo (Éxodo 20: 8 – 11; Gen. 2: 1- 3)
Tercero, Dios le dio al hombre habilidades, capacidades (talentos o dones) (Gen. 2: 15, 19 – 20)
Cuarto, Dios le dio al hombre recursos naturales para el desarrollo de su vida y que por su sabia administración mostrara su relación y dependencia de Dios (Gen. 1: 26, 29; 2: 15- 17; Salmos 8: 6 – 9).
Quinto, Dios le dio al hombre el matrimonio y la facultad de procrear y tener familia (Gen. 1: 28; 2: 21 – 24 )
Esa prueba fue colocada en la administración de los recursos de la tierra. No había un lugar mejor para colocarla que en lo que el hombre habría de manejar de manera plena para el desarrollo de su vida. Dios colocó un árbol entre los tantos que había para que el hombre mostrara su lealtad, obediencia y reconocimiento de dependencia.
Luego del pecado Dios mantuvo una prueba definida de lealtad en la parte de administración de los recursos naturales o financieros. Lo que conocemos hoy como la devolución de los diezmos y el dar ofrendas (Gen. 14: 18 – 20; 18: 18, 19; 28: 20 – 22; Lev. 27: 30 – 34; Mal. 3: 8 – 12; Mat. 23: 23).
“El Señor creó todo árbol del Edén agradable para los ojos y bueno como alimento, e invitó a Adán y Eva a disfrutar libremente de sus bondades. Pero hizo una excepción. No debían comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Dios se reservó ese árbol como recuerdo constante de que era dueño de todo. Así les dio oportunidad de demostrar su fe y confianza obedeciendo perfectamente sus requerimientos.
Así también sucede, con las exigencias de Dios para con nosotros. Pone sus tesoros en las manos de los hombres, pero requiere que una décima parte sea puesta fielmente a un lado para su obra. Requiere que esta porción sea entregada a su tesorería. Ha de serle devuelta como propiedad suya; es sagrada y debe emplearse para fines sagrados, para el sostén de los que han de proclamar el mensaje de salvación en todas partes del mundo. Se reserva esta porción a fin de que siempre afluyan recursos a su tesorería y se pueda comunicar la luz de la verdad a los que están cerca y a los que están lejos. Obedeciendo fielmente este requerimiento, reconocemos que todo lo que tenemos pertenece a Dios. 3 JT. 37. |